Trinidad Enríquez Ladrón de Guevara

Maestra, educadora llena de amor al artesano, al obrero, fundó la Sociedad de Artesanos, que continúa en Actividad, como todas las mujeres de su época, estuvo relegada; en 1874 tuvo que gestionar una resolución suprema ante el gobierno del presidente Pardo, para poder matricularse como estudiante en la universidad San Antonio Abad del Cusco.

La aparición de Doña Trinidad con ese espíritu revolucionario que le agitaba de pies a cabeza, con esa alborotada beligerancia que la sacudía, por los cuatro costados, con ese sentido de Lucha con que marchaba como envuelta en llamaradas de incendio hacia las reivindicaciones obreras, en un medio para ella francamente hostil; constituyo algo extraordinario nunca visto para la sociedad cusqueña. Fue, como se ha dicho de alguien "un faro encendido” en medio de la noche porque luchó bravamente contra el oscurantismo dominante de su época y su medio, en una constante emancipación de conciencias libres. Era la Sra. Enríquez una mujer revolucionaria en el sentido mas elevado que tiene esta voz.

Inconforme con muchas cosas de esa época, fue contra ellas como animada en un sentido y un propósito de reformas de bien que estuviese a tono con ciertas ideas liberales que soplaban fuertemente de otras latitudes que esta admirable mujer que supo adelantarse a su tiempo de hermetismo tenaz y cerrado con clara y lucida visión y franca valentía. Su nombre es un símbolo en la historia del sur del Perú, de ser varón habría sido seguramente un caudillo un organizador de masas conductor de multitudes .

El ideario que profesaba la llevo a ser una libre pensadora militante de acción, no de gabinete y libros únicamente.
Luchó con ímpetu, con coraje, con pasión convencida de su credo y de su fe revolucionaria y libertadora.

Temperamento levantisco y volcánico, combatió por ideales generosos y humanos, demasiado humanos. Talento fértil y Germinativo, espíritu repleto de virtudes superlativas, era una sembradora que abrió los surcos para la germinación y la floración exuberante de su predica generosa. Agitadora y revolucionaria por excelencia. Batalladora y combatida indeclinable, hizo la Enriquez predica apostolar con gallardía y coraje, no obstante su verbo de coraje de mujer tuvo resonancias libertadoras, fue faro y cumbre, pensamiento y acción.



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